18 de mayo de 2009

Nube léxica del discurso de Rajoy en el Debate 2009

 
Si el otro día colgué la nube léxica del discurso de Zapatero en el Debate del Estado de la Nación, hoy me toca hacer lo propio con el de Rajoy. Igual hay quien piensa que el retraso se debe a motivos ideológicos, o personales, o algo así...
Pues no. La verdad siempre es más sencilla que la sospecha.
Ocurre que la web del PSOE proporciona los textos en html, conque el copia y pega es cuestión fácil y sencilla, de donde que no cueste ningún trabajo acudir con los materiales a wordle y sacar la imagen.
Harina de otro costal es la web del PP, en la que se consiguen los textos perfectamente formateados en PDF, lo que me ha obligado a:
  1. Olvidarme de usar el Win... eso
  2. Coger mi Ubuntu 9.04 e instalar las xpdftools
  3. Ejecutar pdftotext
  4. Et voilà
Sea como sea, lo interesante no es esto, sino que compares qué términos son los más frecuentes en uno y otro discursos.

Una pista malvada: ¿cuántos términos usa Rajoy para apelar a Zapatero y cuántos usa Zapatero para referirse a Rajoy?
Una segunda pista malvada: ¿qué términos usa Rajoy que puedan referirse a soluciones y cuáles usa Zapatero?
Una conclusión malvada: ¿cómo van a poder nunca entenderse si hablan dos idiomas distintos?

13 de mayo de 2009

Nube léxica del discurso de Zapatero en el Debate 2009

Vale, aquí va un primer análisis de los términos más repetidos por Zapatero en su primera intervención. Está hecho mediante wordle, una herramienta más que curiosa. Se puede ver más grande la imagen acudiendo al propio sitio de wordle. ¿Algún comentario?

20 de febrero de 2009

¿Qué te impide creer a un político? (II)

En una entrega anterior, veíamos que el político (pronúnciese al gusto del consumidor) se enfrenta siempre a un condicionante inicial: se nos ha enseñado a pensar que todo político miente, de donde que nunca sea fiable su palabra.

Me interesa mucho el mecanismo del pre-juicio, esa característica tan humana, tan propia de quien no tiene tiempo de pensar pero sí de hablar. Pongamos, pues, en marcha nuestra mente y llegaremos a una fácil conclusión: sí, es posible que una persona mienta todo el tiempo, a todo el mundo, acerca de cualquier tema, pero es prácticamente imposible que todo un colectivo pueda hacer tal cosa.

De todos modos, mi objetivo aquí no es repetir lo ya dicho, sino centrar mi atención en otro elemento diferente. Quiero ver cómo se dicen las cosas. A esto, los viejos maestros romanos le daban tanta importancia que lo convirtieron en una de las cinco operaciones retóricas y le confirieron el nombre de actio.

El problema es que muchos de los que tienen que dirigirse a sus conciudadanos en un mítin parecen creer que es lo mismo proyectar energía y dar impresión de enfado. El tono, ese tono, Dioses, qué entonación.

No se puede estar siempre regañando, ni siempre con esa forma de hablar que parece que anuncia el inminente Armagedón si no se cambia el número de concejales de un pueblo de doscientos treinta y ocho habitantes.

La entonación debe responder a una lógica, la del pensamiento. Lo que digamos debe salir como lo diríamos en un contexto normal, no con esa manera de dirigirse a la gente como si fueran rebaño. Porque, precisamente, ahí está el problema. El tono de mayoral dirigiendo al rebaño, junto con los vitoreos de la claque, hace que la persona que tiene una vida vea esas cosas y sienta que algo no funciona, que algo se le está escapando, que le ocultan algo importante.

El tono, la entonación, el modo de dirigirse al auditorio, hace que se produzca una disintonía entre quien habla, lo que dice y lo que entiende quien contempla eso desde fuera. Esa falta de sintonía lleva a pensar que falta algo para poder completar el mensaje y, justo en ese momento, la δόξα, la opinión común, actúa y dice: ¿Ves cómo es verdad que todos los políticos mienten?

A lo mejor (o a lo mojó), no es así. Pero lo parece. Y si lo parece, es así. Paradojas de la Retórica.

¿Qué te impide creer a un político? (I)

Vale, ya, ya. Sí, está claro que tienes las ideas muy claras y todo eso, pero no te estoy pidiendo que me hagas una Tesis Doctoral. En realidad, mi pregunta busca emprender una pequeña búsqueda de qué es lo que nos echa atrás cuando un político nos pide que creamos en sus palabras.

De un lado, está la cuestión previa de cómo se ha creado un saber convencional o, en griego, una δόξα, acerca de quienes se dedican a la representación de sus conciudadanos. Existe un estereotipo en el que a esa persona se la llama siempre político (pronúnciese con tono despectivo) y se la considera perteneciente a una clase distinta.

Esa δόξα es, como todos los prejuicios, una fácil manera de no pensar y hablar antes de poner en funcionamiento las neuronas. Se ha injertado en la ciudadanía la imagen del político (pronúnciese con tono despectivo) como persona falsa, taimada, trepadora, falta de escrúpulos…

Tenemos, pues, un primer condicionante que afecta a la credibilidad del político (pronúnciese aquí con tono natural), y es que su imagen corporativa, la percepción que de él se tiene, impide que se considere con seriedad su posibilidad de decir nada que parezca interesante.

A esa imagen previa que se difunde entre el auditorio de este orador la llamamos ἔθος (ethos), y supone un primer elemento que hace falta cambiar. Si todos piensan que te equivocas, ya puedes decir verdades como templos, que nadie te hará caso. Pregúntenle, si no, a la pobre Casandra.

Hay más elementos, pero los dejo para más adelante. Sólo adelantaré una pequeña pista: prestadle atención al tono y a la entonación con las que hablan quienes dan los mítines… ¿A qué nos recuerdan?

La solución, en el próximo capítulo. Supongo.



23 de noviembre de 2008

Descubriendo el Mediterráneo

Periódicamente, llegamos a un sitio lleno de agua y, asombrados ante el espectáculo, le damos un nombre y le contamos a todo el mundo el gran hallazgo que hemos hecho. Si los demás tienen nuestra misma experiencia, se juntan en comandita y, transidos de emoción, nos proclaman sabios entre los sabios y acreedores a la mayor de las consideraciones.

Hasta que alguien se nos acerca y nos dice:

¿Y tú no sabías que eso es el Mar Mediterráneo?

En nuestros días, el retroceso de los saberes clásicos y la implantación de nuevas disciplinas nos lleva a descubrir el Mare Nostrum una y otra vez. Como ejemplo, aquí me valdré de uno que tenemos muy a mano los clasicistas.

Cada vez se pone más de moda decir que la nueva frontera del siglo XXI es la comunicación. Con eso, se suele aludir a que, en sociedades de conocimiento distribuido, como la nuestra, la capacidad de transmitir la información corre pareja a la de crear una opinión, y la opinión ya sabemos que es la base de las decisiones.

El resultado es evidente: proliferan los cursos, métodos y especialistas en coaching, relaciones interpersonales, asesores comunicativos, auditores... La lista sería tan amplia como el elenco de la creatividad humana lo permitiera.

Está bien que todo esto exista, ya que responde a la necesidad de esta Asamblea de la aldea global de tomar decisiones colectivas basadas en la información previamente suministrada por un emisor que, si quiere salirse con la suya, habrá analizado a su auditorio, habrá diseñado su mensaje, le habrá dado un orden y un adorno eficaces, y habrá hecho lo posible por apoyarse en elementos paratextuales como apoyo del mensaje mismo.

¡Gran invento! ¡Enorme descubrimiento! Transido de emoción, tengo que acercarme al eximio genio de la comunicación y susurrarle al oído con voz respetuosa:

¡No podrías haberte topado con nada mejor ni más útil! Pues a eso que acabas de encontrar hace siglos que se le puso un nombre distinto.

El nombre es Retórica.

 

El discurso como arte de la estrategia

La tarea del orador se basa en un ciclo continuo de decisiones. Todo lo que haga debe tener una explicación y una finalidad. Si no es así, puede que quede brillante, pero no tiene sentido.

Considera que el orador siempre está poniendo en juego su prestigio. Cada intervención suya va a recibir una respuesta de su auditorio, que lo va a evaluar y va a decidir si la próxima vez merece la pena volver a escuchar a esa persona.

La manera mejor de entenderlo es plantearlo como un juego de rol en el que vas sumando o perdiendo puntos que te dan acceso a nuevas posibilidades de interacción, pero que nunca te van a permitir mantener los mismos puntos, ni siquiera cuando te quedas sin hacer nada.

OJO. Estos articulillos tienen una licencia CreativeCommons, lo que significa que, si vas a desarrollar ese juego, tendrás que reconocer mi autoría y darme una participación en los beneficios, no en las inversiones.

El discurso es, en sí mismo, una actividad que busca un objetivo concreto, sea mediato o inmediato. Esto significa que sólo deberemos incluir elementos que creamos que sirven para apoyar nuestros objetivos. No hay recursos buenos ni malos por sí mismos; hay recursos que funcionan y recursos que no.

Visto eso, estará claro que se trata de ir decidiendo constantemente. Si no sabemos nuestro punto de partida ni nuestra rome02meta, estaremos operando constantemente con intuiciones más que con decisiones; si lo sabemos, y si tomamos esas decisiones con el objetivo final en mente, se insertan en un plan general. Y eso es algo que el auditorio nota de inmediato.

Estrategia. Puedes tener suerte y triunfar (el azar existe), pero no se va a repetir. El buen orador sigue un plan; dispone de unas capacidades y de unos materiales; sabe o prevé los obstáculos y alianzas con los que cuenta. En fin, su discurso es el resultado final de una estrategia.

¿Hablar por hablar? Para otros. Tus habilidades responden a una inteligencia propia, a una capacidad de planificación estratégica que se entrena y a unos conocimientos que se pueden aprender y enseñar.

22 de noviembre de 2008

Selecciona tus materiales

No todo vale siempre ni para cualquier situación. El buen orador necesita filtrar las informaciones y usar sólo las que crea que van a ser rentables, o sea, persuasivas.

Para los maestros romanos, los auténticos y grandes sistematizadores de la doctrina antigua, el buen orador debe tener tres cualidades, a las que llamaron ingenium, iudicium y consilium.

La primera, el ingenium, es la inteligencia, la capacidad de encontrar ideas con las que trabajar. Es evidente que, si no hay una inteligencia, falla toda la base. También es evidente que la inteligencia no vale completamente si no tiene a mano la ayuda de la técnica. La dualidad natura / ars (predisposición natural / conocimientos técnicos) es antigua, pero hoy no toca hablar de ella.

La segunda, el iudicium, es el sentido común, la capacidad de seleccionar qué ideas de las que se te han ocurrido son potencialmente buenas, y cuáles son simples tonterías. Ahora bien, debes tener en cuenta que las tonterías no se han de desdeñar sin más: pueden tener su lugar en las refutaciones, en las reducciones al absurdo, cuando se quieren introducir notas de humor...

La tercera, el consilium, es el pragmatismo, la capacidad de ver cuáles de los materiales del iudicium nos servirán para este discurso, en esta ocasión, ante este público..

A poco que nos fijemos, ingenium, iudicium y consilium se pueden plantear como tres fases del proceso de depuración de ideas que debe todo orador seguir. Incluso se puede plantear como un método de trabajo.

Así, en una ficha que tienen mis estudiantes, en la que disponen de tres columnas para, respectivamente, hacer tormenta de ideas, eliminar la morrala y decidir qué utiliar en sus discursos.

Si el otro día te pedí que fijaras los objetivos, hoy te pido una cosa más: selecciona tus materiales.